Tocar madera Eran ventrudas y amorfas callosidades de madera; lavadas a río y arena dejaban el reflejo de lunas y lunas repetidas y repetidas hasta que algún eventual cazador les viera semejanza con las rodillas de los antílopes, que a golpe de maza y lanza cazara en los días de magnífica suerte. Recogía el hombre aquella figura que quería ser algo: rodilla de antílope, garra de pájaro o dulce cadera de mujer coronada por un penacho de raíces enredadas que entregaban los ojos a la verdad de que lo observado tenía inminente origen vegetal. Así preñado en la maravilla de que algo puede ser y mujer y águila y réptil, el hombre guardaba el primer testimonio de la multiplicidad. Aquellos objetos llegaban hasta los diferentes grupos y en lo lisiado de sus lenguajes cada uno decía para sí la experiencia de ver, en lugar de una garra de tigre, la pata de un ave o un búfalo recontorcionado. Junto a los cuernos de los grandes mamíferos, dientes de animales feroces y hedionda...